Por: Maria T.
La mañana del lunes 17 de noviembre no comenzó con sirenas, pero terminó marcada por ellas. En pleno corazón del centro histórico de Arequipa, cuando las tiendas recién levantaban sus cortinas y los primeros transeúntes caminaban por la calle Mercaderes, una densa humareda empezó a escapar desde el tercer nivel de un local ubicado en la intersección con la calle Jerusalén. El humo se elevó rápido, atrapado entre balcones antiguos y fachadas de sillar que parecían contener la respiración.
En cuestión de minutos, el olor a material quemado se mezcló con el bullicio habitual del centro. Los peatones se detuvieron, los comerciantes cerraron apresuradamente sus puertas y la zona fue cercada. La escena contrastaba con la rutina de un lunes cualquiera: mangueras extendidas sobre el empedrado, cascos amarillos subiendo escaleras estrechas y el sonido constante del agua golpeando el fuego.
Efectivos de la Compañía de Bomberos llegaron al lugar y, tras un arduo trabajo, lograron controlar el incendio antes de que se propagara a los inmuebles colindantes, muchos de ellos construcciones antiguas altamente vulnerables. La intervención evitó una tragedia mayor en una de las zonas más concurridas y patrimoniales de la ciudad. Aunque no se reportaron víctimas, el susto quedó instalado entre quienes observaron cómo el fuego ganaba altura en pleno centro urbano.
Mientras la emergencia era contenida, la ciudad aún arrastraba el recuerdo de otro incendio ocurrido semanas atrás, lejos del centro, pero con consecuencias igualmente alarmantes. El 24 de junio, en Cerro Colorado, una humareda tóxica despertó a los vecinos de Peruarbo y Villa Arapa cuando residuos peligrosos ardieron en una torrentera no autorizada. Aquella vez, el humo no solo cubrió el cielo, sino que expuso una problemática persistente: la quema informal y deliberada de desechos altamente contaminantes.
A diferencia del incendio en Jerusalén con Mercaderes, donde la rápida respuesta evitó daños mayores, en Cerro Colorado el fuego fue alimentado por años de descuido y acumulación ilegal de residuos. Las autoridades confirmaron entonces que se trató de un acto provocado, lo que derivó en investigaciones policiales y fiscales por presunto daño ambiental.
Ambos episodios, separados por kilómetros y contextos distintos, revelan una misma fragilidad: la vulnerabilidad de la ciudad frente al fuego, ya sea por accidentes en zonas urbanas densamente pobladas o por prácticas clandestinas que ponen en riesgo la salud pública. En uno, el peligro fue contenido a tiempo; en el otro, las secuelas quedaron suspendidas en el aire durante horas.
Tras el incendio en el centro histórico, las autoridades reiteraron el llamado a la prevención y a la fiscalización constante, especialmente en inmuebles de uso comercial con estructuras antiguas. La experiencia reciente demuestra que basta una chispa para alterar la calma de una ciudad que convive, muchas veces, con riesgos invisibles.
Cuando las sirenas se apagaron y el humo comenzó a disiparse en Jerusalén y Mercaderes, el tránsito volvió lentamente. Sin embargo, quedó una certeza compartida: Arequipa no solo necesita reaccionar ante el fuego, sino anticiparse a él. Porque cada incendio, aunque controlado, deja una advertencia escrita en ceniza.



