En el carnet de vacunación de miles de niños peruanos hay espacios vacíos que hoy vuelven a preocupar al sector salud. Hay dosis pendientes, controles postergados y padres que, después de la pandemia, dejaron de ver las vacunas como una prioridad. Lo que antes era una rutina obligatoria en los centros de salud, ahora es una decisión que muchas familias aplazan.
Cinco años después de la llegada de la COVID-19, el Perú vuelve a mirar con temor una enfermedad que parecía lejana: el sarampión.
En Puno ya se confirmaron más de 190 casos. En Arequipa se detectó el primer contagio en una estudiante de la Universidad Nacional de San Agustín. La noticia encendió las alarmas dentro de la comunidad universitaria y volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿estamos dejando de vacunarnos?
Para Giovanna Valdivia, coordinadora regional de inmunizaciones y especialista en salud pública, la pandemia dejó una consecuencia silenciosa: “la normalización de no vacunarse”. Hasta enero de 2026, se tenía registro de que cerca de 29 mil niños no habían recibido su vacuna contra el sarampión. Esto dejó a miles de menores expuestos a una enfermedad altamente contagiosa que el país había logrado controlar años atrás.
El contraste resulta inevitable. En 2025, el Perú fue reconocido por la Organización Panamericana de la Salud por alcanzar el más alto nivel de eliminación sostenida del sarampión y la rubéola. Sin embargo, el avance de nuevos casos y la baja cobertura de vacunación muestran una realidad distinta. La confianza en las vacunas se debilitó y, posiblemente, parte del sistema de salud también bajó la guardia frente a un virus que nunca desapareció del todo.
Las vacunas no solo representan una dosis médica. También son una forma de prevención colectiva. Cada niño vacunado reduce el riesgo de contagio para su familia, su escuela y su comunidad. En medio del regreso de enfermedades que parecían controladas, completar el esquema de inmunización vuelve a convertirse en una responsabilidad compartida.



