Dos días en pausa: la huelga que detiene al hospital Goyeneche

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Por: Maria T.

El hospital Goyeneche amaneció distinto incluso antes de que comenzara la huelga. El calendario marcaba feriado los días 8 y 9 de diciembre, pero en los pasillos ya se respiraba una inquietud que no tenía que ver con celebraciones. Los avisos pegados en algunas puertas y los comentarios en voz baja anunciaban lo que vendría después: el 11 y 12 de diciembre, los médicos paralizarían sus labores por 48 horas.

El martes 10 de diciembre, el hospital volvió a funcionar con aparente normalidad. Consultorios abiertos, colas desde temprano y pacientes esperando turno como cualquier otro día. Sin embargo, esa jornada tuvo un aire de cuenta regresiva. Los médicos atendían, pero también explicaban. “Mañana no habrá consulta”, se escuchaba decir en más de un servicio. La advertencia no era una amenaza, era una constatación.

La huelga comenzó al amanecer del miércoles 11. Esta vez no fue silenciosa. En los exteriores del hospital, médicos con mandiles blancos y pancartas expusieron reclamos que, aseguran, llevan años acumulándose sin respuesta. La protesta no nació de improviso. Según el cuerpo médico, es el resultado de una infraestructura que envejece sin renovación y de compromisos que nunca se concretaron.

Entre las principales exigencias está la activación del IOARR para la adquisición de equipos críticos: una centrífuga para el banco de sangre, equipos de laparoscopía, un microscopio de oftalmología y, sobre todo, un resonador magnético, inexistente en un hospital que atiende a miles de pacientes al año. A ello se suma el reclamo por el pago de bonos de especialidad y el nombramiento de médicos que laboran sin plaza, una situación que, según denuncian, precariza el servicio y al personal.

“Trabajamos con equipos obsoletos y bajo contratos inestables. Así no se puede garantizar una atención digna”, señaló uno de los médicos durante la jornada de protesta. La frase se repetía como un eco entre colegas que, aun en huelga, insistían en que su lucha no es solo laboral, sino también por la calidad del servicio de salud.

Pero mientras los reclamos se hacían públicos, la otra cara del conflicto quedaba atrapada en la vereda. Pacientes que llegaron sin saber de la paralización se encontraron con puertas cerradas y citas suspendidas. Algunos preguntaban, otros reclamaban, varios simplemente se resignaban. Para muchos, reprogramar una atención no es sencillo: implica permisos laborales, viajes desde distritos alejados o semanas de espera.

“No es justo que siempre paguemos nosotros”, murmuraba una adulta mayor mientras guardaba su ficha en el bolso. El malestar no era contra los médicos, sino contra un sistema que parece empujar a todos al límite.

Durante las 48 horas de huelga, solo se mantuvieron los servicios de emergencia, como lo exige la norma. El resto del hospital quedó en pausa, atrapado entre una protesta que exige modernización y una población que no puede darse el lujo de esperar.