Por: Andrés Huayta
Arequipa. “Cada 40 segundos, alguien se suicida en el mundo. Y en Perú, cada día, dos personas deciden quitarse la vida. Arequipa, tristemente, lidera esta estadística a nivel nacional”, alerta el psicólogo clínico Luis Marín, especialista de la Oficina de Apoyo Psicopedagógico de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA) y miembro activo de la Liga contra el Cáncer.
La salud mental, por décadas relegada a un segundo plano, ha vuelto al centro del debate. Esta vez, desde un enfoque claro: el de la prevención del suicidio. La ideación suicida —es decir, la presencia constante de pensamientos relacionados a la muerte como salida a un conflicto interno— no es un fenómeno aislado ni exclusivo de personas con un diagnóstico clínico. “No todas las personas que se suicidan tienen trastornos mentales. Muchas veces hablamos de eventos estresores que superan sus capacidades de afrontamiento”, precisa Marín.
Según datos oficiales, en el primer trimestre del 2024 se registraron más de 250 suicidios en el Perú. Un incremento alarmante respecto al mismo periodo del año anterior. Y en la mayoría de los casos, las víctimas fueron jóvenes entre los 15 y 19 años, siendo las mujeres quienes presentan mayor vulnerabilidad.
“Muchas de ellas llegan a esa decisión tras una ruptura sentimental. A veces uno puede pensar: ¿solo por terminar con alguien? Pero no vemos lo que hay detrás. Muchos de estos adolescentes arrastran problemas de fondo: violencia familiar, abandono afectivo, carencias emocionales profundas”, detalla el especialista.
¿Qué hay detrás de un pensamiento suicida?
Para Marín, lo esencial es entender que el suicidio no es un acto impulsivo sin contexto. “Es el resultado de una cadena. Puede haber una historia de abusos, de bullying, de adicciones o simplemente una vida sin redes de apoyo”, afirma.
Uno de los ejemplos que más lo ha marcado fue el de una joven que, tras años de violencia en su entorno familiar y una relación amorosa tóxica, intentó quitarse la vida. “En su mundo, esa relación era su única fuente de afecto. Cuando se rompió, sintió que su vida no tenía sentido”.
A este perfil se suman otros factores de riesgo: antecedentes de intentos previos, autolesiones, trastornos del estado de ánimo (como depresión o trastorno límite de la personalidad), y también la desesperanza. “La desesperanza es un factor clave. Cuando alguien empieza a pensar que su vida no tiene sentido, que su ausencia sería mejor para todos, hay una alerta máxima. Y hay pruebas psicométricas que lo confirman”, explica.
Las señales que no debemos ignorar
Frente a esta realidad, el psicólogo insiste en identificar las señales de alerta. Aislamiento social, pérdida de interés por actividades que antes generaban placer, cambios abruptos en los hábitos alimenticios o de sueño, consumo de alcohol o drogas, y descuido personal son síntomas que, muchas veces, aparecen antes del intento suicida.
“Los padres, docentes y amigos deben estar atentos a esos cambios. Muchas veces, los adolescentes no piden ayuda de forma directa, pero sus conductas lo dicen todo. El aislamiento no es una simple etapa: es una señal de que algo está ocurriendo dentro”, advierte Marín.
También es necesario cuestionar ideas arraigadas que estigmatizan a quienes atraviesan crisis emocionales. “Solemos pensar que el que quiere suicidarse no avisa. Pero muchas veces sí hay avisos, solo que los ignoramos. Incluso quienes hacen intentos múltiples no lo hacen por manipulación necesariamente: están gritando que necesitan ayuda”.
El especialista precisa que hay que diferenciar entre manipulación y riesgo real. “Una persona que amenaza con matarse para evitar una ruptura amorosa puede estar manipulando. Pero si esa persona tiene un historial de abuso, violencia o trastornos emocionales, puede ser una llamada de atención seria y no un simple chantaje”.
El dolor no siempre se ve
Uno de los puntos más sensibles en la conversación con Marín es la invisibilización del sufrimiento. “Hay quienes tienen una carrera exitosa, una familia estable, una vida aparentemente feliz. Pero por dentro, su historia es distinta. A veces el entorno no percibe el dolor porque la persona ha aprendido a esconderlo. Pero por dentro, lleva una batalla silenciosa”.
Recuerda, por ejemplo, casos de jóvenes que se mostraban extrovertidos y colaborativos, pero que al llegar a consulta confesaban una vida marcada por la invalidez emocional, abuso sexual en la infancia y sentimientos profundos de soledad. “No se trata de juzgar, sino de comprender. La ideación suicida no distingue nivel socioeconómico ni nivel académico”.
Enfermedades y desesperanza
En la conversación, surge también otro perfil de riesgo: pacientes con enfermedades crónicas o terminales. “Cuando alguien vive con dolor constante, sin red de apoyo emocional, y encima enfrenta un diagnóstico devastador como el cáncer, puede empezar a ver la muerte como una liberación”, explica Marín.
En estos casos, la intervención oportuna y la atención integral (psicológica, médica y emocional) son fundamentales. “Debemos garantizar que estos pacientes tengan acompañamiento. No basta con el tratamiento físico. El alma también necesita cuidado”.
¿Es hereditario pensar en el suicidio?
Una pregunta frecuente es si el suicidio puede considerarse hereditario. El psicólogo aclara: “No es hereditario en términos genéticos, pero sí puede haber una predisposición dentro de familias donde ha ocurrido un caso previo. Es un factor de riesgo, por eso los psicólogos siempre preguntamos si hay antecedentes familiares. Si un padre o un tío se suicidó, no es para ignorarlo”.
Además, recalca que no todas las personas que piensan en la muerte tienen necesariamente un trastorno mental. “Ese es un mito. Cualquiera puede atravesar una crisis lo suficientemente profunda como para pensar en acabar con su vida. No hace falta estar clínicamente diagnosticado”.
Romper el silencio, actuar con empatía
Frente a esta problemática, el llamado es claro: romper el estigma, escuchar más y juzgar menos. “Debemos dejar de ver la salud mental como algo menor. Validar las emociones, permitir que las personas se expresen, brindar un espacio seguro para hablar de lo que duele, es ya una forma de prevenir”.
El psicólogo Marín concluye con un mensaje contundente: “No esperemos a ver el intento. Actuemos antes. La mejor prevención del suicidio no está solo en los centros de salud, sino en la familia, en los amigos, en la universidad, en cada espacio donde alguien pueda sentirse acompañado”.


